Amor
Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.
 
Madre Teresa de Calcuta (1910-1997) Misionera yugoslava nacionalizada india.
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El crecimiento de la Iglesia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Beradi   
Jueves, 11 de Febrero de 2010 11:25

EL CRECIMIENTO DE LA IGLESIA

 

Desde hace ya mucho tiempo venimos hablando y reflexionando de la importancia de recuperar el dinamismo misionero en la Iglesia. Parece como si el crecimiento de nuestras comunidades se haya visto relegado a una importancia de primer orden, pero después, analizando la situación a conciencia, vemos que esto es más teórico que práctico. Son pocas las iniciativas que realmente se toman en las parroquias para asegurar su crecimiento, ya que la pastoral sacramental  que se realiza  obliga a usar muchos recursos humanos para asegurarla. Lo más que se hace es dar una impronta misionera a la pastoral sacramental, pero que a nadie deja del todo satisfecho.

Para entender exactamente de qué vamos a hablar, anuncio desde el principio la tesis que va a ser el eje fundamental de esta reflexión:

                              

Crecimiento personal y crecimiento comunitario va íntimamente unidos el uno al otro. Y lo que da unidad a las dos cosas es la Espiritualidad.

 

Para entender exactamente de qué vamos a hablar, anuncio desde el principio lo que va a ser el eje fundamental de esta reflexión:

                              

Crecimiento personal y crecimiento comunitario va íntimamente unidos el uno al otro. Y lo que da unidad a las dos cosas es la Espiritualidad.

 

1.- Cuando hablamos de crecimiento de la comunidad hablamos de un asunto complejo, pues aunque en principio todos tenemos muy buenas intenciones, aunque todos queremos andar “según el espíritu” como dice Pablo, también es que arrastramos y nos movemos dentro de la carne, es decir, todos tenemos una serie de condicionamientos de índole cultural, social y psicológico. Es la carga de la humanidad que todos llevamos para nuestro bien y también para nuestro mal.

 

2.- El Evangelio es buena noticia, pero también es un programa de vida y de acción. Lo primero que aparece en este programa es que Jesús promete a sus discípulos felicidad, dicha,  o dicho de otro modo, bienaventuranzas. El Sermón de Monte empieza con una proclamación de la Felicidad que Jesús nos trae. Jesús ve la vida de sus discípulos marcadas por las parábolas del tesoro en el campo y  de la perla (Mt 13, 44ss). Pero para alcanzar esta felicidad es necesario vender otras cosas. Hay que despojarnos de esas otras felicidades que provienen de aquellas cosas que esta sociedad considera como necesarios para la felicidad. Es el tiempo del Arrepentimiento. Del volver a nacer del Espíritu.

                              

El programa cristiano comporta un cambio de valores. Con la venida de Jesús las situaciones se invierten, las prioridades son otras. Lo vemos en el Sermón del Monte Mt5-6. Se trata de aprender a ver y hacer las cosas a la manera de Dios. Y esto es necesario hacerlo no sólo individualmente sino en comunidad. Esta es la voluntad de Dios. Es más, la comunidad es la escuela del discipulado (Fil 2, 1-11). Es por ello que muy ligado al crecimiento personal está el programa de vida de una comunidad que ofrece y enseña con su manera de vivir.

 

3.- Es por ello que la actitud que prefigura y determina lo qué es la Iglesia es el servicio a los demás. La actitud fundamental de la Iglesia es el servicio, no la dominación. Jesús en este sentido es tajante (Mt 20, 25-28).

Se trata de rechazar la actitud de dominación e imposición por la actitud del servicio hecho desde la humildad, e inclusive, desde la inutilidad. San Francisco lo expresaba con el término “minoridad”, ser siervo inútil.

Jesús no tolera que nadie se imponga a nadie en la comunidad y así se entiende la pregunta clásica del judaísmo del tiempo: ¿quién es el más grande en el Reino de Dios? (Mt18,1). La equiparación que Jesús hace con los niños al responder equivale a decir que los primero son los que “sólo sirven para servir”.

 

Desde esta perspectiva sólo cabe la más absoluta igualdad en la Iglesia y, por eso mismo, deben caer las estructuras de dominación para que todos sus miembros puedan ser hermanos.

 

A menudo la Iglesia ha presentado el modelo jerárquico como algo dispuesto por el propio Jesucristo. Esta afirmación habría que matizarla a la luz de la voluntad de Cristo. En el Nuevo Testamento solo se aplica el título de sacerdote a Jesucristo, que es el único sacerdote eterno. Los ministerios aplicables a este término son llamados presbíteros, obispos y diáconos, los que actualmente configuran el ministerio del Orden, y que están al servicio de todo el cuerpo de Cristo, esto es, de toda la comunidad eclesial.

Pero esto no lo podemos tomar como una diferenciación de nivel con respecto a la entrega total a Dios.En el ideario neotestamentario todo cristiano está totalmente consagrado a Dios en el bautismo desde la vocación a la que ha sido llamado. El presbítero ha sido llamado al ministerio del pastoreo en nombre de Jesucristo, predicando la Palabra de Dios y administrando los sacramentos, pero su dedicación total  a Dios es exactamente la misma que la de la madre de familia que en su ocupación cotidiana está totalmente dedicada al servicio de Dios y de la Iglesia. Ella sirve a Dios en medio de su familia, en el trabajo…

 

Esto en teología se llama el sacerdocio común de los fieles, y según el Nuevo Testamento, no hay separación. Todos ejercemos nuestro sacerdocio con una total entrega a Dios. A Él no se le puede entregar la vida a tiempo parcial. Con Dios solo vale Jornada Completa.

 

4.- En consecuencia, otra de las características para el crecimiento tiene que ver con el tipo de relaciones personales que se establecen en la comunidad cristiana y con sus estructuras. Si éstas están marcadas por la dominación, el ordeno y mando, por la imposición, por los protagonismos personales… debemos estar atentos a una continua revisión y conversión. Solo estamos para servir. Somos todos iguales, tenemos todos la misma dignidad, la misma entrega exclusiva a Dios y la misma responsabilidad. Una cosa es la diversa función que desarrollamos en la comunidad, una función que está basada en la vocación a la que cada uno ha sido llamado. Obispos, presbíteros, laicos… todos tenemos nuestra función en la Iglesia. Una función que debe ser realizada desde la colaboración mutua, desde el respeto y el cariño fraternal.

 

5.-Para entender todo esto, reflexionemos un momento acerca del concepto de la Libre Gracia de Dios. La actitud de Dios hacia la humanidad no es una necesidad, sino que todo ello es Gracia, es un acto de Amor, ya que Dios es amor. Porque es Gracia, el mensaje de la Iglesia no puede ser otro que Jesucristo. No puede haber exigencias y necesidades de la institución (Col 2, 20-23).No puede basarse en nuestras capacidades o méritos. No se trata de acercar a las personas a la institución o a sus líderes, sino sólo a Jesucristo y a nada más. Y eso sólo es posible desde la gratuidad del que no espera nada a cambio ni pone condiciones. Esta actitud de gratuidad se desarrolla cuando uno ha tenido esa experiencia de liberación gratuita de Dios. Sólo por la fe, sin necesidad alguna de nuestros méritos o acciones, somos justificados ante Dios.

Nuestro servicio o ministerio en la Iglesia es también sólo por Gracia, no para conseguir de Dios o de los demás cosa alguna. Cristo nos ha liberado del peso de nuestras culpas y pecados, haciéndonos libres para servir  y amar a Dios y a los demás. Y la Iglesia, como comunidad de salvados en Cristo, testimonia ante el mundo con su manera de vivir fraternalmente esta dimensión que hunde sus raíces en la misma dimensión trinitaria.

 

6.- Desde todo esto podemos abordar cinco aspectos para nuestro crecimiento personal y comunitario:

 

A)      La Espiritualidad. Debemos liberar la espiritualidad. Jesucristo es la respuesta al ser humano espiritual de nuestro tiempo y esto se tiene que experimentar en nuestra comunidad. Esto produce felicidad y la felicidad invita al crecimiento. La fe basada en un mero conocimiento intelectual, por más bíblico o doctrinal que sea, poca esperanza de crecimiento tendrá si no está firmemente basada en la experiencia de Jesucristo, de encuentro personal con Él.

B)      Las Estructuras. Las estructuras complicadas paralizan las comunidades. Y todo lo que no fomente la edificación la está destruyendo. No por hacer muchas actividades o tener muchos grupos se edifica la comunidad. Las estructuras deben ser funcionales, en base a las necesidades que el Espíritu Santo nos vaya señalando. En esto de las estructuras debe funcionar el concepto de igualdad ontológica: la Fraternidad: todos somos hermanos porque todos somos  igualmente importantes y esto afecta a las relaciones que se establece entre la personas de la comunidad.

 

C)      Las Relaciones Interpersonales. Solo las comunidades amables y acogedoras crecen y hacen crecer. La capacidad de amar de una Iglesia está ligada a su crecimiento. Cuando se habla de amar en una Iglesia estamos hablando de con qué frecuencia comemos o tomamos café juntos; en qué medida conocemos las vida y las necesidades personales de las otras personas; si nos visitamos cuando estamos enfermos; cuántas veces rezamos juntos o cuánto rezamos los unos por los otros; cómo somos capaces de resolver los conflictos que el diablo hace surgir entre nosotros. Hay que tener presente que el diablo está siempre al acecho de intentar destrozar la obra de Dios(1Pe 5,9a). Siempre intentará sembrar la cizaña, la envidia, el orgullo, la ira entre nosotros. Atención a no ser nunca portadores de cizaña, de la simiente del demonio .La comunidad es una familia que crece y nos hacer crecer.

D)      La Misión. Porque existe para el otro, la Iglesia es misión y porque la Iglesia es Misión hay que activar nuestro sacerdocio universal. Todos somos misioneros, todos tenemos una entrega total a Dios desde la vocación a la que hemos sido llamados. En el trabajo eres misionero, y allí estás trabajando en la obra de Dios, y en la familia, y en la diversión. Cuando leemos la oración de Jesús “envía más obreros a tu mies” pensamos enseguida que estamos pidiendo al señor más curas.  No. Todos somos obreros del Evangelio. Y solo de los obreros pueden salir después las especializaciones, los distintos ministerios.

E)      La Liturgia. La liturgia, como sabemos, es el culto a Dios que realiza toda la comunidad. Es la celebración de la Iglesia. No es el acto realizado por el cura o, en su defecto, por las monjas. El culto es la celebración de la comunidad toda. Se nos ha olvidado que, realmente, el único sacerdote es Jesucristo (Hb4, 14- Jesús,  el Hijo de Dios, es nuestro gran sumo sacerdote que ha entrado en el cielo).

La comunidad cuando celebra se une al Cristo Celestial en el culto al   Padre en el Espíritu Santo. Toda la comunidad es importante. El ministro celebrante y el resto de la comunidad. Es falso plantear quién es más importante. Es un todo el que, con Jesucristo, damos culto al Padre. Es por ello que el culto tiene que conectar con la vida de las personas, por lo que lo importante no es que el culto sea más litúrgico o más libre, más ceremonioso o más popular,  sino que conecte con la vida de las personas que allí se congregan. Que el culto, además de ser celebrado, sea vivido. De esta manera, cuando una celebración es vivida se convierte en un verdadero desencadenante del crecimiento tanto personal como comunitario.

 

 

 

 


 

 

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